Salir a comer no es una transacción. Es un momento. Con los amigos, con la pareja, con la familia, con la gente del trabajo. Y ese momento se arruina siempre en el mismo punto: cuando llega la cuenta.
Ese diálogo sobre cómo dividir la cuenta es chileno. Pasa en Ñuñoa un jueves, en Puerto Varas un sábado, en la parrilla de Antofagasta un domingo al mediodía. Pasa en el restaurante del mall y en la picada de barrio.
Y no lo resuelve una categoría de software pensada para la caja. No es culpa del dueño que compró un POS esperando que lo resolviera: es que esa herramienta nació para otra cosa. Para cuadrar el reporte, emitir la boleta, imprimir el ticket. Todo lo que pasa después del momento de la cuenta. No el momento en sí.
Divídela se construyó desde la cabeza del comensal hacia la caja. Empezamos por la mesa, no por el SII. A la caja llegamos también, pero al final, cuando ya resolvimos lo importante.